Las catedrales, once ejemplos del arte grandioso más ligero

Las catedrales son los grandes rascacielos de la antigüedad, montañas de piedra que esconden el secreto de los hombres que las dieron vida. Visitarlas es un gozo para los sentidos y un recreo para la elevación del espíritu.
Construidas hace más de 800 años, todavía resulta un misterio adivinar por qué hace siglos los pueblos se embarcaron en esas empresas de colosales dimensiones. Pero una catedral es algo más que arquitectura.
A lo largo de toda la historia han sido herramientas didácticas para enseñar a las generaciones la historia de las civilizaciones que las precedieron.

Son macizas pero ligeras, espaciosas aunque diáfanas, siguen siendo lugares de culto cristiano, aunque en los últimos tiempos han exigido un hueco para la actividad museística, exposiciones y conciertos.
En Castilla y León once son los edificios catedralicios repartidos por toda su geografía. Es imposible decidir cuál de ellas es la más bella. Todas son hermosas, imponentes y majestuosas y ya se han convertido en auténticas referencias históricas y monumentales.
Las capitales de las nueve provincias (menos Soria, cuya catedral está en el Burgo de Osma), además de Astorga y Ciudad Rodrigo, presumen de tener una en su interior.